Estaciones eléctricas

Una estación eléctrica es una batería grande con enchufes. No quema nada y no echa gases. De las tres formas de tener electricidad, es la única que se puede usar dentro de casa, y esa es la mitad de su motivo de existir.

Al comprarla, casi todo el mundo se fija en el número equivocado. Los vatios-hora (Wh) indican cuánta energía guarda; los vatios (W), cuánto puede dar a la vez. Una estación puede tener potencia de sobra para un aparato y quedarse sin batería en veinte minutos.

La otra cifra que decide, y que casi nadie mira, es la química. Una batería LiFePO4 aguanta del orden de 3.000 ciclos de carga; una de ion-litio común, unos 500. A igualdad de capacidad, esa diferencia es la vida útil del aparato.

Lo que se descubre en el primer apagón largo es que recargarla con sol lleva horas, no minutos. Conviene que llegue cargada y no contar con rellenarla sobre la marcha.

Donde no llega: en cuanto algo calienta —un hervidor, un calefactor, una vitrocerámica, un secador— se la bebe en minutos. El calor es lo que más energía consume de una casa y ninguna estación portátil lo resuelve.

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