Detectores de monóxido

El monóxido de carbono no se ve, no huele y no irrita: es lo que lo hace peligroso. Lo produce cualquier cosa que queme mal —un generador, una estufa de gas o de leña, un calentador, un motor— y en un espacio cerrado se acumula en minutos.

Cuándo conviene. Siempre que haya una llama o un motor cerca de donde se duerme: caravana, furgoneta, caseta, garaje o una casa con caldera o estufa. Es la única forma de enterarse antes de que aparezcan el dolor de cabeza y las náuseas. Busca la norma EN 50291 en la caja.

Lo que se descubre al usarlo. Que casi todos llevan una pila sellada que dura toda la vida del aparato, diez años, y que pasado ese plazo el detector avisa y se tira entero: el sensor electroquímico se agota. Que el sitio importa —a la altura de la respiración y no pegado al aparato que quema— y que el manual de cada modelo lo concreta. Y que un detector de monóxido no detecta ni humo ni fugas de gas: son tres aparatos distintos.

Cuándo no sirve. Como permiso para meter dentro lo que no debe entrar. Un generador va fuera, siempre, y el detector es el último aviso cuando algo ha salido mal, no la primera medida.

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