Una cantimplora de aluminio con forma plana y tapón roscado, del tipo que se ha llevado al monte y a la milicia durante décadas. Su sitio es la mochila de una salida de varios días, una marcha larga o cualquier plan en el que cargar líquido sin riesgo de reventones o pérdidas importa más que ahorrar cada gramo. Se cuelga del cinturón o se mete en la mochila y aguanta golpes, roces y el trato basto que se le da al equipo en el campo.
Lo que decide de verdad al elegir una cantimplora así es que sea de aluminio y que cierre bien. El aluminio la hace ligera y resistente a golpes y abolladuras, y el tapón de rosca es lo que separa una cantimplora útil de un bote que va goteando por la mochila. Frente a las botellas de plástico rígido, esta no coge sabores, no se deforma con el calor y se limpia a fondo sin miedo. Frente a las de acero, pesa menos y no transmite tanto el calor si la dejas al sol.
Lo que falla primero es el tapón, si se aprieta de través o se pierde la junta. El aluminio, si se aboyeta fuerte, puede acabar pinchando, así que conviene no llevarla suelta donde reciba golpes. Después de cada salida se lava con agua caliente y se deja abierta para que seque bien por dentro, porque cerrada con humedad acaba oliendo a lo que llevaste la última vez. Y un detalle que se descubre tarde: el aluminio conduce el calor, así que en pleno verano el agua del interior se pone a temperatura ambiente en seguida; no esperes frescor de ella.






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