El frontal es la linterna que más se usa, y la razón es tonta y decisiva: deja las dos manos libres. Todo lo que se hace de noche —montar la tienda, cocinar, curar a alguien, revisar el motor— se hace con las manos.La luz roja no es un adorno. El ojo tarda entre veinte y treinta minutos en adaptarse a la oscuridad, y un solo destello de luz blanca lo echa a perder al instante. La roja apenas afecta a esa adaptación: permite mirar el mapa, buscar algo en la mochila o moverse por el campamento sin quedarse ciego después ni despertar a quien duerme al lado. En observación astronómica, en espera de fauna y en vivac compartido es lo que separa un frontal útil de uno molesto.Qué mirar al elegir. Que tenga un modo bajo de verdad —es el que vas a usar el 90 % del tiempo—, que sujete bien sin apretar, y cómo se recarga. Un frontal que solo funciona con pilas raras es un frontal que un día no funcionará.